Todos necesitamos, de vez en cuando, un breve reset general. No se trata de incrementar los feriados irrenunciables a destajo, pero sí al menos de proteger a los arraigados en la tradición.
La semana pasada, un gremio planteó la eliminación de los feriados irrenunciables. En un inicio, se argumentó que esta propuesta respondía a la “merma muy importante” que generan, así como la necesidad de “mantener la libertad de emprendimiento”. Pero luego la postura fue matizada: se señaló que el objetivo no era eliminarlos, sino que evitar que su número aumente. A pocos días de Semana Santa, y como cada año, un debate vuelve a surgir: ¿son importantes los feriados irrenunciables?
La solicitud mencionada se formuló en un contexto específico: asumió un gobierno cuya prioridad es retomar el crecimiento del país, reducir el gasto fiscal e incentivar los mercados. En ese escenario, y dado que se necesitará la vital colaboración del empresariado, resulta esperable (y, en algún sentido, justo) que se planteen algunas demandas. Se aprovechó la coyuntura para impulsar aquellas medidas que se estimaron convenientes. Y como afloraron críticas de distintos sectores (entre ellos, el cardenal Chomali), se disminuyó la intensidad de lo pedido.
Sin embargo, detrás de los dichos iniciales pareciera aflorar algo inquietante. Hace seis años, una multitud salió a protestar y otros, en menor número, a quemar el país. Recordemos que, en aquel entonces, en diversos sectores de la población ya existían posturas contrarias a las mencionadas. En particular, esas inquietudes se encontraban arraigadas en las clases medias populares, quienes son los que deberán trabajar si se eliminan algunos feriados irrenunciables. Para muchos de ellos, la posibilidad de “teletrabajo” en un lugar con bonita vista no existe.
El exitismo siempre es peligroso; de hecho, tiene el potencial de generar reacciones contrarias. Asimismo, los climas políticos son volubles: bien lo saben el expresidente Boric, el Frente Amplio y la Convención Constitucional. Por lo mismo, hay que intentar ver el panorama desde los ciclos largos y no desde los cortos.
En esa línea, como explicó Jaime Guzmán en una columna con este mismo título, los feriados no son un asunto trivial. Lo que reflejan y permiten, en ocasiones, se vincula con una dimensión esencial de la persona: su vida espiritual. ¿Sirve trabajar, producir y rendir si el espíritu humano está quebrado? Si no hay tiempo para meditar, diría nuestro ensayista Martín Cerda, todo a la larga se derrumbará; incluso la palabra terminará quebrada. La sociedad se refleja en sus componentes: personas extenuadas conformarán una sociedad cansada y alienada.
Es cierto que Chile es un país cada vez más secular y materialista, y que argumentos de este tipo levantan sospechas. Muchas personas utilizan los feriados irrenunciables para actividades que poco o nada contribuyen a cultivar el espíritu. No obstante, en un régimen de libertad, eso es legítimo. Debe existir, al menos, la posibilidad de que quienes deseen pausar la rutina puedan dedicarse a actividades que los reconecten con lo trascendente o, como mínimo, tengan la opción de permanecer en familia. Si este tipo de espacios se reducen por ley, existe el riesgo de que el país se deshumanice a un ritmo mayor. La rutina podría transformarse en la única realidad predominante, y la sensación de desigualdad de muchos trabajadores frente a su empleador podría aumentar.
Todos necesitamos, de vez en cuando, un breve reset general. No se trata de incrementar los feriados irrenunciables a destajo, pero sí al menos de proteger a los arraigados en la tradición.
Es necesario proteger a la economía de mercado de quienes, por estar demasiado involucrados en su práctica, subestiman la visión trascendente y de largo plazo. La economía libre es, en parte, un reflejo de la espiritualidad: si esta última decae, la primera no tardará en hacerlo. Nunca está de más decirlo: la actividad económica se inserta en un alambicado sistema que la supera por completo. Surge por la necesidad, pero lo hace desde la familia, las comunidades y las asociaciones intermedias. Y no proteger los feriados irrenunciables tendrá consecuencias en otros ámbitos.
En este asunto seguramente aflorarán las dos grandes sensibilidades del Gobierno: una materialista y otra doctrinaria, que a veces se alinean, pero que en asuntos como este suelen colisionar. Por un lado, estarán los técnicos y quienes creen en el predominio absoluto de la economía práctica; por otro, quienes comprenden la dimensión espiritual y política del asunto. Esta última corriente deberá dar una batalla constante desde el interior para que este sea un gobierno a favor de la persona. El ser humano alcanza su plenitud en relación con otros, y no como un individuo anónimo que vive en las sombras, solo para trabajar.
