Las stablecoins representan mucho más que una innovación dentro del mundo cripto. Son un nuevo engranaje en el sistema financiero global que está reforzando la demanda por deuda estadounidense y redefiniendo la competencia por el capital a nivel internacional.
El debate público en torno a la posición fiscal de economías desarrolladas y emergentes sigue centrado en los factores geopolíticos tradicionales y en los grandes tenedores soberanos de deuda estadounidense. Sin embargo, en los últimos años ha emergido con fuerza un nuevo actor desde la periferia del sistema financiero: las stablecoins.
Basadas en tecnología blockchain, constituyen una categoría particular dentro del universo de las criptomonedas, con una característica clave: están diseñadas para mantener una paridad estable con el dólar.
Instrumentos como Tether (USDT) o USD Coin (USDC) buscan replicar el valor del dólar mediante reservas respaldadas principalmente por activos financieros denominados en esa moneda, como bonos del Tesoro de corto plazo, repos o equivalentes de efectivo.
El mecanismo es tan simple como poderoso. Cada vez que un inversionista -desde cualquier parte del mundo- adquiere una stablecoin, los emisores de estos instrumentos deben respaldar ese pasivo con activos seguros y líquidos en dólares, principalmente bonos del Tesoro de corto plazo. En la práctica, esto convierte a las stablecoins en una suerte de fondos monetarios globales tokenizados, que operan 24/7, sin fricciones y fuera del sistema bancario tradicional.
Fuerte particpación de mercado
El resultado es la aparición de una nueva fuente estructural de demanda por deuda estadounidense. A diferencia de los flujos provenientes de bancos centrales o de decisiones geopolíticas, esta demanda surge de la expansión del ecosistema digital y de la creciente adopción de estas plataformas como infraestructura financiera.
De hecho, los emisores de stablecoins ya figuran entre los mayores compradores de deuda del Tesoro de corto plazo, situándose aproximadamente entre los 15 y 20 principales tenedores a nivel global. Este cambio no solo redefine quién financia a la mayor economía del mundo, sino que también comienza a alterar los flujos globales de liquidez.
Las cifras ayudan a dimensionar el fenómeno. El mercado más que duplicó su tamaño desde 2023, impulsado por reformas regulatorias en Estados Unidos y la adopción institucional, superando los US$310 mil millones, donde USDT y USDC representan el 90% del mercado total. El 99% de las stablecoins están denominadas en dólares y su volumen de transacciones es comparable a los niveles observados en redes de pagos globales tradicionales.
Todo esto, tiene implicancias potenciales sobre la provisión de liquidez global, el nivel de tasas de interés de corto plazo y la evolución del tipo de cambio en las distintas economías.
En síntesis, en 2026, las stabelcoins dejaron de ser un nicho cripto para convertirse en un mercado de más de US$ 300 mil millones, altamente concentrado en el dólar, con volúmenes comparables a los sistemas de pagos globales y un rol creciente como comprador estructural de deuda de Estados Unidos.
Implicancias para Chile
Para Chile, las implicancias son profundas y poco discutidas, ya que este fenómeno introduce una nueva dimensión de competencia financiera. Tradicionalmente, la demanda por activos en moneda local -como los bonos del Tesoro chileno- dependía de factores como la credibilidad fiscal, las tasas de interés y la estabilidad macroeconómica.
Sin embargo, la irrupción de las stablecoins agrega un nuevo competidor: un activo en dólares que combina liquidez inmediata, bajos costos de transacción y percepción de seguridad. En este contexto, la asignación de portafolios -tanto de inversionistas locales como internacionales- comienza a inclinarse, en el margen, hacia instrumentos en dólares.
Las consecuencias no son menores. En primer lugar, se genera presión sobre el tipo de cambio. A medida que aumenta la demanda por dólares digitales, el peso chileno enfrenta presiones a la depreciación adicionales, más allá de los determinantes tradicionales como el precio del cobre o los diferenciales de tasas.
En segundo lugar, se afecta la demanda por deuda en moneda local. Si los inversionistas encuentran alternativas más líquidas y accesibles en dólares, exigirán mayores retornos para mantener posiciones en pesos, lo que se traduce en un aumento en las tasas de interés locales.
En tercer lugar, se abre un desafío para la política monetaria: la creciente “dolarización digital” puede debilitar los canales de transmisión de las decisiones del Banco Central.
Qué políticas usarán los países
Este último punto es particularmente relevante. La efectividad de la política monetaria descansa, en gran medida, en la capacidad de influir sobre las condiciones financieras domésticas. Sin embargo, si una parte creciente del ahorro y de las transacciones se canaliza hacia instrumentos en dólares -aunque sea en formato digital-, el vínculo entre la tasa de política monetaria y las decisiones de consumo e inversión podría debilitarse. No se trata de un fenómeno inmediato, pero sí de una tendencia que merece atención.
Frente a este escenario, la respuesta de política pública no es evidente, pero sí urgente. Una opción es avanzar en el desarrollo de infraestructuras financieras que permitan competir en términos de eficiencia y costos, como sistemas de pago más rápidos o incluso la eventual emisión de un peso digital por parte del Banco Central. Otra alternativa es profundizar el mercado de capitales local, generando instrumentos en pesos que resulten atractivos para inversionistas globales. Sin embargo, es importante reconocer una limitación estructural: Chile no compite con Estados Unidos en términos de liquidez ni de estatus de moneda de reserva.
Por ello, la estrategia más realista pasa por entender y adaptarse a esta nueva arquitectura financiera. Esto implica monitorear de cerca la evolución del mercado de stablecoins, incorporar estos desarrollos en el análisis macroeconómico y, sobre todo, reconocer que los flujos de capital ya no se canalizan exclusivamente a través de los circuitos tradicionales. La frontera entre finanzas y tecnología se está desdibujando, y con ello, las reglas del juego.
Además de las implicancias en la política monetaria, estos desarrollos tienen incidencia en la agenda de “internalización del peso” promovida por la Comisión para el Mercado Financiero (CMF) y la misma política fiscal llevada por el Ministerio de Hacienda.
En definitiva, las stablecoins representan mucho más que una innovación dentro del mundo cripto. Son un nuevo engranaje en el sistema financiero global que está reforzando la demanda por deuda estadounidense y redefiniendo la competencia por el capital a nivel internacional. Para Chile, ignorar esta transformación no es una opción. La pregunta no es si este fenómeno tendrá impacto, sino cuán preparados estaremos para enfrentarlo.
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